Un día no muy normal

Un día no muy normal.

(Traducido del original en inglés. Título original: Death and Sports)

Era un hermoso día. Me había levantado cerca de las seis de la mañana y me sentía muy feliz, pues en pocas horas estaría compitiendo en judo por primera vez.

No iba a ser un día normal.

Llegué al dojo bastante temprano, puesto que debía chequear mi peso. El judo es un deporte muy exigente y para practicarlo se necesita una condición física perfecta, la cual sólo puede obtenerse a través del entrenamiento continuo. También se necesita un peso específico para cada categoría. Subí a la balanza y noté que tenía el peso adecuado. «Gracias a Dios», me dije. Si hubiese estado encima del límite de la categoría, tendría que haber trotado por el tiempo que fuera necesario para poder bajar a mi peso (60Kg en ese entonces). Dos de mis amigos de los scouts estaban allí, desbordantes de felicidad; también sería su primer combate.

La competición empezó alrededor de las nueve. Todo lucía perfecto: el tatami (colchoneta) brillaba, exhibiendo sus colores rojo y verde; los judocas, moviéndose de un lado para otro, dibujando en sus mentes los momentos por venir y el público sonriente, dispuesto a vivir intensamente la competencia desde la tarima. De veras me encontraba emocionado; después de todo, sólo tenía que subir al área de combate por cinco minutos completos y vencer a quien quiera fuese mi rival. Pensé que era bueno en el judo, pero fui derrotado en mi primer combate. Uno de mis amigos compitió contra un joven llamado Víctor y también perdió. Víctor tenía un gran estilo y buena disciplina, características estas que son muy apreciadas en la comunidad deportiva. Mi otro amigo también perdió ante un cinturón negro (éramos todos cinturones blancos)

Víctor tuvo que subir al tatami otra vez, pero esta vez se enfrentaría contra un atleta más experimentado: un cinturón verde, ex-campeón nacional.

Después de los dos primeros minutos, todo se veía bien; hasta allí, había un empate. El cinturón verde se movía muy rápidamente, haciendo que el estilo de Víctor pareciera ridículo. El arbitro gritó «¡mate!» (¡Parad!), porque el cinturón verde tenía una pequeña herida en su boca (causada por la fricción de su chaqueta contra sus labios) y estaba sangrando. Los judocas se separaron para que el cinturón verde pudiera ser atendido. Mientras esperaba hasta que el cinturón verde dejara de sangrar, Víctor comenzó a tener problemas para respirar. Tomó una pequeña botella y bombeó parte del contenido hacia sus pulmones. No fue suficiente…

Observaba la escena muy de cerca. Los árbitros estaban tratando de ayudar Víctor ellos mismos, así que noté que no había médicos presentes en esa competición. Salté al tatami y comencé a guiar a los árbitros. Mi sensei me miró y probablemente recordó que yo tenía cierta experiencia en primeros auxilios. Unos días antes le había dicho que era un scout y se había reído, pero ahora estaba siguiendo mis órdenes.

Pedí que sacaran a Víctor para que pudiera tener más aire fresco que respirar. Noté que no podía respirar del todo, así que solicité un conductor que nos llevara al hospital de inmediato; esto sería mucho más rápido que llamar una ambulancia.

Una mujer –compañera de Víctor en el equipo nacional y una de sus mejores amigas- me ayudó a meterlo dentro del vehículo. Le pedí que le diera respiración artificial mientras yo aplicaba un masaje cardiaco. Ella estaba llorando, el conductor actuaba como loco (estaba nervioso: Víctor también era su amigo) y yo estaba sereno. Me di cuenta que era el líder de la operación…

Nos detuvimos en un cuartel militar y preguntamos si tenía un doctor allí. Los soldaditos nos dijeron que no tenían ninguno. Le grité: «¡al hospital universitario, inmediatamente!». El conductor obedeció. La mujer estaba histérica, el conductor seguía actuando como un loco y… y Víctor estaba muriendo lentamente. Ahora no había nada que ella pudiera hacer para darle respiración artificial, puesto que Víctor tenía un trismo que impedía a cualquier corriente de aire externa entrar a sus pulmones.

Yo seguía aplicando el masaje cardiaco. Casi golpeé a la mujer para que pudiera pensar por un momento siquiera; además, me estaba enloqueciendo con sus gritos. Un minuto antes de entrar al hospital entristecí: sabía que Víctor moriría porque su cerebro había estado sin oxígeno por más de tres minutos. «Si sobrevive, jamás será normal», pensé, pero no hice ningún comentario.

En cuanto llegábamos a la emergencia, saqué mi cabeza por la ventanilla del vehículo y grité: «¡oxígeno, oxígeno! ¡Esto es una emergencia!» Con la velocidad de la luz, el personal médico se movió hacia nosotros y empezó a asistir a nuestro paciente. «Lo salvarán», le dije a la mujer. «Ellos enfrentan estos casos todos los días, así que no hay nada nuevo aquí». Estaba siendo muy hipócrita en ese momento. Pero al menos logré que se callara.

Estábamos en el pasillo del hospital, en frente de la habitación adonde estaba Víctor, vistiendo nuestros judoguis, descalzos, cuando el hermano de Víctor, también judoca, entro al hospital.

            -Como esta-, preguntó.

            -Está bien-, mentí.

Ya había visto a Víctor. El doctor me había llamado anteriormente para preguntarme que le había pasado. Le había contado la historia y cuando estaba a punto de salir de la habitación, le había echado una ultima mirada al cuerpo púrpura de Víctor y a las maquinas que le rodeaban.

Un policía se nos acercó y empezó a hacer preguntas.

            -¿Alguien sabe su nombre?

            -Yo lo sé. Es Víctor- contestó el hermano de Víctor, Gerardo.

            -Dirección?- Gerardo contestó rápidamente su pregunta.

            -Cédula de identidad?- pregunto el policía. Gerardo también respondió esa pregunta, aún cuando era un número ajeno al suyo.

            -Conoce usted al paciente?

            -Sí, es mi hermano.

            -Ah, ya veo- dijo el policía. –Este es un procedimiento de rutina. Escribo la información de todo el que ingresa aquí- continuó el oficial.

El uniformado mentía y yo lo sabía. Por experiencias previas, sabía que la policía sólo llena un reporte cuando un paciente muere.

Después de un rato, el doctor salió y dijo:

            -Quien es el familiar del paciente?

            -Soy yo-, dijo Gerardo.

            -Su hermano es asmático, correcto?

            -Sí, señor. ¿Se encuentra bien?

Después fui testigo de la frialdad con la que el doctor continuó:

            -Lo siento mucho, su hermano ha muerto.

            El rostro de Gerardo hizo un gesto que únicamente puede ser entendido por aquellos que han perdido un ser amado. Su expresión me partió el corazón.

            -¿Puedo verlo?-, preguntó Gerardo.

            -Claro, adelante.

A través de la puerta abierta, podía ver como Gerardo abrazaba el cuerpo inerte de Víctor y lloraba. No podía seguir viendo tan dolorosa escena.

Otro compañero del judo, Demetrio, también miembro del equipo nacional, entró en ese momento. Le dije lo que había ocurrido y regresamos juntos al dojo.

Una vez allá, le dijo a nuestro sensei que Víctor había muerto. Mi sensei no le creyó y me miró. «Es verdad», le dije.

            -La competencia queda suspendida- gritó, -Víctor ha muerto- continuó.

Todos bajaron su cabeza.

Salí del dojo muy triste porque él había sido la única persona que yo había perdido en todos mis intentos de salvar vidas. Había salvado varias vidas antes, pero acababa de perder esta. Y eso dolía.

Ya no era un hermoso día.

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