Cuentas del Alma

Cuentas del Alma

(Traducido del original en inglés. Título original: White Hen Pantry.)

Cuando estas cosas suceden, uno no sabe que hacer.

La fría noche de Chicago había sido muy gentil aquella noche. El joven suramericano había salido sin ninguna chaqueta o abrigo; sólo una camiseta ligera cubría su torso. De vez en cuando, el viento soplaba fuertemente y le dejaba temblando y ansioso de conseguir un lugar cálido en el cual protegerse.

Se podía decir fácilmente que era él quien caminaba por las solitarias calles de Evanston, pues siempre miraba hacia atrás y hacia los lados, como asegurándose de que su vida no corría peligro. «Es un cobarde», dirían algunos. «Obviamente no es de estos lares», acotarían.

Después de cruzar a la izquierda de la alucinantemente fantasmal Estación Davis (parte del complejo sistema de trenes de la Autoridad de Transito de Chicago), el joven suramericano respiró profundamente como signo de alivio — ahora estaba relativamente cerca de su casa y caminaba por una calle muy bien iluminada. Al mismo tiempo que giro a la izquierda también vio el aviso blanco de neón de la «Gallina Blanca», la tienda de provisiones más cercana que había en su vecindad. El joven decidió entrar. Tal vez quería comprar un poco de leche y algunas galletas con crema de chocolate.

—Hace un frío espantoso, ¡¿verdad?!— exclamó el trabajador de la Gallina Blanca.

Era un hombre de un metro ochenta de altura, cerca de los cincuenta y tenía un acento inglés de barrio que el chico, quien entraba en ese momento, no podía comprender muy bien.

El chico no respondió, pero asintió y le regalo una sonrisa.

La tienda estaba sola como generalmente está a las tres de la mañana, dado que muy poca gente gusta de salir a esa hora de la noche; simplemente no es seguro salir a dar un paseo cuando las calles están solas, oscuras y llenas de bastardos a quienes les gustaría tener los tres dólares con cincuenta centavos que uno carga en el bolsillo izquierdo del jean.

Aquella música suave que tenían en la tienda daba ganas de dormir; sin embargo, era una música bella y acogedora. «¿Como diablos pueden permanecer despiertos toda la noche escuchando esa música?», penso el chico suramericano pero no hizo ningún comentario — de todas formas, a nadie le iba a importar lo que él dijera.

Cogió dos galletas de trocitos de chocolate y comenzó a comerlas, cuando aun permanecía en el almacén; aquella costumbre le había seguido por años: primero se comería  la galleta y después pagaría por ella. Además, la mujer con aspecto mejicano de la Gallina Blanca le había visto hacer eso varias veces; sabía, pues, que el chico pagaría por todo al final (él sabía que ella era mejicana porque una vez le había oído hablar en español a alguien; los mejicanos tienen un acento peculiar que les separa del resto del mundo hispanohablante).

El chico se detuvo enfrente de la sección de bebidas (justo al lado de la cajera) buscando… ¿buscando que? Él no sabía que quería tomar esa noche, ¿acaso té?. Le dio un mordisco a la segunda galleta y se dio cuenta de que el trabajador lo estaba observando atentamente con sus ojos bien abiertos (¿era nuevo allí?). Luego se detuvo justo al lado del joven. El chico suramericano no estaba de buen humor.

—¡epa Bill! ¿Para adónde vas?— preguntó la mejicana.

—Aquí, simplemente observando a este jovencito que se esta comiendo esas galletas— respondió el viejo.

—¿Que diablos piensa? ¿Que me voy a comer sus malditas galletas de chocolate?

—No, no, no. No quise decir eso; solo estaba tomándote el pelo, ¿sabes?

—¿Entonces por que coño me vigilaba?.

El chico se dio cuenta de que estaba siendo muy crudo, pero no se iba a echar para atrás o arrepentirse. Estaba enojado con el viejo por haberlo confundido con un ladrón.

—Escucha, chico, solo bromeaba— dijo el afroamericano —soy alcohólico y me gusta tomarle el pelo a la gente; si te consigo por allí lo volveré a hacer.

El viejo parecía ser muy sincero y el chico lo había notado.  Después, el trabajador extendió su mano.

—Me llamo Bill, gusto en conocerte— dijo el trabajador.

—Carlos. También es un placer— respondió el suramericano. Había algo en sus palabras que hacían pensar que aún estaba enojado con el viejo.

—Sabes Carlos, en realidad no fue mi intención hacerte enojar; de veras lo siento — Bill parecía esta profundamente lastimado — Llevo una vida miserable y no debería hacer igual la de los demás. ¿Que buscas?— preguntó amigablemente.

—Té frío; el que viene en una bolsita. Creo que la marca es Nestea o algo así.

—No creo que tengamos eso aquí, Carlos.

—Pues bien, entonces solo llevare un poco de leche y las galletas de chocolate.

Bill probablemente notó la forma en la cual el chico dijo «galletas de chocolate», pues había hecho énfasis en sus últimas palabras de una forma muy áspera.

El joven pagó sus galletas, la leche y se marchó.

 

***

 

Los católicos tienen una forma especial de hacerle sentir a uno como una mierda. No importa cuanto se intente olvidar un incidente, si se fue criado católico, uno siempre terminara sintiéndose como mierda por ese incidente. «Cada vez que hagas algo malo, pídele perdón a Dios, mijito, porque sino te va a remorder la conciencia toda tu vida», le decían a uno cuando era pequeño.

El chico suramericano había sido criado bajo los preceptos católicos y, aunque no practicaba ninguno de los dogmas católicos, estos estaban profundamente arraigados en su cerebro (¿o era en su corazón?). Había intentado fuertemente el mantenerse lejos de cualquier religión y se llamaba a sí mismo agnóstico; no obstante, llevaba un crucifijo y conocía casi todos los rituales católicos. Además, siempre había estado temeroso de Dios, pues recordaba constantemente la amenaza favorita de su madre: «te va a castigar Dios».

Dios también castigaba si uno se portaba mal, tal como lo había hecho el suramericano aquella gélida noche. Aquella iba a ser una de las noches más largas de su vida… y lo merecía.

Además de las creencias católicas, estaban los scouts, o niños exploradores. Carlos, el suramericano, era un scout. No importaba que tanto intentase olvidar aquel incidente, Carlos simplemente no podía hacerlo. Ahora tenía dos cosas en su contra: los dogmas católicos, que aparentemente no importaban, y la ley scout, a que él jamás violaría voluntariamente. Estaba completamente jodido.

El chico se arrepentiría de aquella noche durante los tres meses siguientes. Es difícil de creer que una persona haga una tormenta de algo tan trivial como aquello; después de todo, gritarle a alguien que ha confundido a uno con un ladrón, no es tan malo.

Después de escuchar «Cuentas del Alma», de Rubén Blades, el chico suramericano se fue a dormir repitiendo una frase de la canción continuamente: «Las cuentas del alma no se acaban nunca de pagar, no se acaban nunca de pagar, no se acaban nunca de pagar…»

Sólo existe una forma de pagar por las cuentas del alma: pedir perdón.

 

***

 

El invierno en Chicago es una de las cosas más asquerosas que uno pueda experimentar, especialmente cuando la temperatura llega a 15 grados bajo cero y el factor viento congela cualquier cosa que no este cubierta apropiadamente. Esas eran las condiciones climáticas cuando el suramericano salto de su cama a las dos de la mañana para ir a la «Gallina Blanca». No podía dormir aquella noche, así que decidió salir a la tienda y hacer lo que él creía era lo correcto: pedir perdón.

—¡Dios mío! ¡Hace tanto frío allá afuera que ni se puede creer! — exclamó el chico suramericano justo cuando entraba en la tienda. Inmediatamente, el joven se dio cuenta de que Bill estaba allí. Había tenido suerte.

Vagó por unos momentos alrededor de los pasillos antes de detenerse enfrente del congelador, de donde decidió coger un galón de leche. Bueno, la verdad es que no se puede entrar en una tienda exclusivamente para pedir perdón, ¿qué diría la gente? Fue para responder a esta pregunta que él decidió comprar la leche.

— Epa, Bill, ¿como te va?

— Muy bien. Es un dólar con ochenta y nueve centavos, Carlos.

— Escucha, Bill, me gustaría pedirte disculpas por haberte gritado la otra noche.

— ¿De que me hablas? No necesitas pedirme disculpas para nada. Tu no me has hecho nada.

— Bueno, ¿recuerdas cuando vine aquí hace unos dos meses y te grité porque yo pensé que pensabas – sé que suena confuso – que me iba a robar tus galletas? ¿Te acuerdas?

— Hey, Carlos, no recuerdo nada de eso, soy alcohólico…

— Sé que eres alcohólico, eso fue lo que me dijiste aquella noche – el chico interrumpió la oración del viejo – además, si no recuerdas el incidente, ¿cómo sabes mi nombre?

Era fácil ver que Bill había recordado el incidente, pues su rostro hizo un gesto extraño, como si estuviese bajo intenso dolor.

— De acuerdo, si quieres pedir perdón por cualquier cosa que tengas que pedir perdón, entonces acepto tus disculpas.

— Bill, de veras lo siento. No quise lastimarte. Me he sentido cual plasta de mierda desde esa noche. No debí haberte gritado. No tenía ninguna razón para gritarle a nadie esa noche. Perdóname.

No había usado esas palabras (perdóname) por muchos años. «Perdón sólo se le pide a Dios», había aprendido en su suramérica natal.

— Carlos, veo que hablas en serio. Acepto tus disculpas. Pensé que bromeabas. Sabes, hay un programa en la radio llamado «la hora del perdón» y cuando sale al aire la gente comienza a pedirle perdón a todo el que vean en la calle. Pensé que eras uno de esos. Aquí tienes el cambio.

— Gracias, Billy —. Carlos tomó su cambio – once centavos – y se lo dio a la caridad (una asociación tenía una caja plástica cerca de la caja para que la gente donase dinero)

Aunque aceptó las disculpas del chico, Bill no parecía tomarlas realmente; ésa fue la impresión del chico y todavía se sentía mal por ello. «Había algo en su cara que me hizo pensar que no me perdonó,» pensó mientras retornaba a su casa.

Esa noche Carlos analizó lo que había hecho y concluyó que había hecho lo que tenía que hacer cuando pidió perdón. Si Bill no lo aceptaba, entonces no era culpa de Carlos. «Ya has quedado bien delante de Dios, mijito,» le diría su madre. Sí, había sido  «bueno» ante los ojos de Dios y eso era todos que importaba.

El chico suramericano aún sentía un poco de remordimiento. Los católicos realmente lo jodieron, y los scouts también. Después de pedirle perdón a su Dios y antes de quedarse dormido, el chico suramericano pensó:

«Bueno, lo merezco. Nadie me pidió que le gritara. Si no quiero sentirme mal una vez más, no volveré hacer algo así otra vez, porque yo sé que “las cuentas del alma no se acaban  nunca de pagar…”»

En el fondo, se podía escuchar la música.

«Siempre en la noche mi mamá

buscaba el sueño frente a la televisión

y me pedía que por favor no la apagara

su soledad en aquel cuarto no aguantaba

aunque jamás lo confeso…

…y mi madre le ha temido a la noche

desde el día en que se fue mi papa

yo la miro y comprendo que ella aún piensa

que las cuentas del alma no se acaban  nunca de pagar

no se acaban nunca de pagar

no se acaban nunca de pagar

no se acaban nunca… de pagar».

 

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